La doctrina del cerdo.
En una granja, un grupo de cerditos, pequeños y
entristecidos, vivían bajo las órdenes del cerdo más grande y gordo. Debían
callar cuando hablaba, caminar después de él y dar la mitad de su comida como
dote para seguir en el corral.
—Pero aún tengo hambre —exclamó tembloroso un cerdito,
entregando lo que quedaba en el plato.
—Si no me das tu alimento engordarás y terminarás en el
matadero. Te estoy salvando de un horrible futuro —dijo el gran cerdo antes de
engullir la comida del pequeño.
Un día, llegó un nuevo integrante al grupo, proveniente
de una granja lejana, muy ajeno a la doctrina a la que estaban sometidos los
cerditos.
—¿Por qué entregamos nuestra comida? —preguntó, cuando el
gran cerdo pidió la mitad de su plato.
—Porque si no iremos al matadero —respondían los otros
cerditos en coro.
—¿Por qué no podemos hablar entre nosotros?
—Porque si no iremos al matadero.
—¿Por qué no podemos caminar por nuestra cuenta?
—Porque si no iremos al matadero.
El nuevo cerdito, en poco tiempo, al igual que los demás,
perdió todo su peso y entristecido casi no se movía.
El dueño al ver como sus pobres cerditos cada día desfallecían
más y más por lo que el atribuía a una enfermedad misteriosa decidió sacrificar
a los animales. Los condujo en fila al matadero donde, atados y confundidos,
escucharon reír irónicamente al cerdo forajido. Que se lamento:
—¡Tanto hicimos por ese cerdo gordo que nos prometió
salvarnos y, aun así, terminamos en el matadero!
Doriany
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