Dejé mi cuerpo flotar sin rumbo, el sol calentaba mis extremidades y los
sonidos de la naturaleza quedaban amortiguados por el agua que cubría mis oídos,
volví a mi posición normal cuando una ola me cubrió, tosí agua y escuché una risa
detrás de mí, Brandon venía en mi dirección con los brazos abiertos y una
sonrisa en el rostro, su cabello castaño estaba atado en una coleta, poseía un
brillo feliz en los ojos que calentó mi corazón.
Corrí como pude en su dirección y dejé que me envolviera en sus brazos, su
cuerpo transmitía una calidez que me hizo sonreír, sus manos sobre mi piel mojada
se sentían suaves como si una nube me acariciara, el latido de su corazón en mi
oído me llenó el alma de esperanza.
—Creo que hay que irnos —dijo de pronto muy serio, tratando de separarse.
—Un poco más —dije abrazándolo más fuerte.
—No, Maia —dijo apuntando algo detrás de mí.
Una ola gigante nos engulló antes que pudiéramos reaccionar. Nos separamos
de golpe y dimos vueltas en el agua agitada, confundiéndonos con tierra, cuando
pude salir a la superficie, el sol se había ido, lo sustituyó un cielo gris y
tormentoso. Empecé a gritar el nombre de mi esposo. Hasta que me dolió la garganta,
pero había desaparecido, una sirena estridente y atronadora llenó mis oídos al
momento que otra ola gigante me arrastraba.
Desperté con el corazón acelerado y bañada en sudor, la alarma que avisa
una tormenta de radiación sonaba con fuerza.
—¿Otra vez? —dije saltando de la cama para tomar la mascara que colgaba de
la puerta del closet.
—Es la tercera vez esta semana —dijo Ronald, mi hijo, con su mascara ya
puesta y cargando a su hermana menor en brazos, hacía malabares para ponerle la
suya sin despertarla.
Juntos salimos del apartamento y caminamos junto a los otros vecinos por
los pasillos oscurecidos y silenciosos, nadie quería conversar. Las pisadas
resonaban sobre los escalones, una lucecita muy tenue bailaba sobre nuestras
cabezas. Seguimos bajando hasta llegar 3 metros bajo tierra al bunker de
seguridad, donde nos sentamos en el suelo en silencio, observándonos la cara a través
de las mascaras hasta que terminara la alerta. Eran las 4 de la mañana, ya habrá
amanecido cuando podamos salir.
Era seguro quitarse las máscaras aquí abajo, nadie solía hacerlo por temor
a la contaminación. Ronald dejó la suya al lado, ahora en mis brazos su hermana
Lisa aun dormitaba con la máscara puesta. Mi hijo mayor era la viva imagen de
su padre, el rostro afilado y fuerte, con unos ojos grandes y brillantes, la barbilla
prominente y el cabello castaño largo, pero su semblante era lo opuesto, Ronald
siempre era sumamente serio y cuidadoso, poco conversador, no le gustaban las
bromas, podías leer la tristeza y la melancolía en sus ojos.
Y como culparlo, cuando la vida que nos tocó vivir es un conjunto de
desgracias que no nos correspondían. No solía ser así, apenas dos años atras
que todo se fue al caño, pero la vida antes de eso parece un sueño lejano, no
puedo imaginar que será para mi pequeña Lisa que apenas tiene tres años de
edad, no hay nada más que mascaras y pruebas de radiación. Ella ni siquiera
recuerda a su padre y yo no puedo olvidarlo.
Ni puedo olvidar la noche que se fue, queriendo conseguir un auto para huir
lejos, a un lugar libre de radiación, sin saberlo cruzó el área prohibida, en
aquel entonces las áreas prohibidas estaban menos delimitadas, aun había gente
que las habitara. No volvió, lo internaron en un sitio de máxima seguridad y
nunca supe que fue de él. Grité y lloré y pataleé, pero nadie me dijo nada, se
esfumó, como en mis sueños.
—¿Soñaste con él, cierto? —dijo
Ronald sin mirarme, jugando con la cinta de su mascara.
—¿Cómo lo supiste? —dije riendo un poco.
—Siempre te queda esa expresión triste cuando sueñas con él —dijo forzando
una sonrisa —, yo también lo extraño.
No dijimos más, pero tomé su mano y la apreté con fuerza. Eran las nueve de
la mañana cuando pudimos salir, volvimos al apartamento, arrastrando los pies,
hambrientos y con sueño, Lisa había despertado y estaba de mal humor por la mala
noche. Aun no habían colocado la electricidad, por lo que la pequeña salita seguía
sumida en una oscuridad, el día estaba más nublado que de costumbre y apenas entraba
algo de luz por las diminutas ventanas. Pero había algo diferente. Una figura
estaba sentada en la esquina de la habitación, oculto por las sombras, Ronald
cerró la puerta sin notarlo y en ese instante, el desconocido saltó sobre mí y
me tapó la mano con la boca cuando estaba por gritar.
Lisa profirió un grito de terror y Ronald estaba por golpearlo con un bate
de beisbol cuando la electricidad volvió e iluminó la escena. No era ningún desconocido,
pero no lucía como lo recordaba, su piel estaba arrugada como si hubiera
sufrido grandes quemaduras, el iris de sus ojos se había teñido de violeta y
azul, pero un azul intenso y desordenado, como si Lisa hubiera coloreado un
dibujo saliéndose de las líneas con sus creyones, pero su sonrisa, brillaba,
era la misma que recordaba. Puso un dedo sobre sus labios para indicarnos que mantuviéramos
silencio, pero reía, y lloraba, al igual que yo, lloraba, cada musculo de mi cuerpo
temblaba y estaba por derrumbarme. Ronald estaba paralizado aun con el bate
alzado y Lisa había dejado de llorar, pero se escondió detrás de mí.
Algo dentro de mí se activó y di un paso atrás, asustada, poniéndome de
escudo frente a mis hijos, su sonrisa flaqueó, pero negó con la cabeza.
—No cariño ¡Estoy bien! —dijo buscando algo alrededor de la sala, encontró
el medidor de radiación y lo encendió, pasándolo por todo su cuerpo —, estoy
libre de radiación —su voz era apenas un susurro.
Ni un sonido emitió la máquina. Tardé en reaccionar, estaba congelada en mi
sitio, pero Ronald no esperó, no dudo, no temió, saltó a los brazos de su padre
y ahogó su llanto escondiendo su rostro en su pecho. Brandon, lo abrazó con un
brazo y abrió el otro invitándonos a participar. Lisa seguía sin entender que pasaba,
pero yo corrí a reunirme con el amor de mi vida, como si se hubiera ido apenas
ayer, me acurruqué entre sus brazos y los de mi hijo y allí quise quedarme por
siempre, en ese silencio lleno de amor y lágrimas de felicidad, pero la
realidad nos interrumpió como las olas de mi sueño. Escuché una sirena de policía
a lo lejos. Sabía que el no debía estar aquí. Era imposible. Debería estar
muerto. Lo di por muerto.
—Conseguí a donde irnos, un lugar seguro —dijo.
Tenía un plan. Se fue por la puerta antes que pudiera detenerlo, diez
minutos después volvió a sonar la alarma por radiación, dudamos un poco antes
de salir, oímos el barullo de la gente afuera y cuando se calmó, salimos con
las máscaras puestas, íbamos encaminados escaleras abajo cuando Brandon
apareció y nos desvió al aparcamiento. Una camioneta Chevrolet doble cabina del
año 1980 llamaba la atención entre los otro autos polvorientos y mal
estacionados, de color azul brillante, como si la hubieran sacado ayer del concesionario
a pesar que tendría hoy más de 40 años ese auto. Nos hizo subir casi a
empujones y sin preguntar nada arrancó.
—No hay tormenta de radiación, yo active la alarma —dijo cuando habíamos empezado
a dejar atrás los grandes fraccionamientos de seguridad.
Ronald miraba como dejábamos polvo detrás de nosotros con una sonrisa
gigante en el rostro, como si dejar atrás su vivienda fuera lo mejor que le
pudo haber pasado. Y así era. No había nada en ese apartamento que nos
perteneciera, nuestras pertenecías quedaron atrás en una zona prohibida, nos
asignaron un nuevo hogar que nunca se hizo hogar, porque faltaba una parte de
nosotros, faltaba Brandon, que ahora estaba a mi lado, totalmente cambiado, no podía
imaginar por lo que había pasado, pero mi corazón estaba volviendo a latir de
tenerlo a mi lado, en este mundo roto, de no ser por mis dos pequeños hace rato
lo hubiera abandonado todo, me hubiera entregado a la radiación, pero sabía que
no podía, porque mis hijos no merecían eso, merecían más, merecíamos más.
—Te llevaré a un lugar seguro, seguro de verdad —repitió sin dejar de sonreír.
Las calles estaban desoladas y silenciosas, a veces algún auto pasaba a toda
velocidad y se perdía en el horizonte. Eran seis de la tarde, el sol se
ocultaba, porque aquí podíamos ver el sol, casi lloré cuando mis pies tocaron
la arena, cuando vi a Lisa jugar con el agua salada por primera vez en su vida,
Ronald sostenía su mano y la levantaba cuando la marea subía. Caí de rodillas
con el alma en las manos.
—Jamás te abandonaré, no otra vez —dijo Brandon rodeándome con sus brazos y
arrodillándose conmigo.
Disfruté el momento de paz, de felicidad genuina, algo que había olvidado,
ese calor que me inundaba las venas, quería bailar, si es que aún recordaba
como se hacía. Sabía que vendrían olas gigantes, las sentía pisándonos los
talones, pero nadaríamos, remontaríamos esas olas como si fuéramos unos experimentados
surfistas, unos nadadores olímpicos, remontaríamos esas olas que vengan, juntos.
Doriany
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