Puente de piedra.
Un hombrecito llego cierto día a la tierra, apodado de esa forma por su escasa estatura, diminuto, en comparación con los hombres y mujeres de la tierra; proveniente de un mundo distinto, de humanos pequeños, con poca luz y un clima frio perenne, eso los obligó a construir sus hogares bajo tierra, en un laberinto de túneles que además los protegían de feroces depredadores.
Un día, específicamente a
la mitad del día, donde la claridad era máxima en su mundo, el hombrecito saló
a proveerse de provisiones, su mundo no tenía las tierras más aptas para el
cultivo, eran cazadores natos y muy buenos pescadores, pues sus tierras estaban
rodeadas por grandes masas de agua. Mientras caminaba atento a los depredadores
con una lanza de piedra en la mano, andando por límites poco habitados de su
mundo encontró un puente de piedra, cubierto de maleza y barro, estaba sobre un
arroyo que fluía con rapidez y llevaba a un bosque frondoso y verde.
Vencido por la curiosidad
el hombrecito cruzó pero no llegó al bosque, fue como cruzar una puerta
invisible, se encontró de pie sobre el mismo puente pero limpio y
despejado con las piedras pulidas,
además de su tamaño aumentado unas 40 veces, fue golpeado por los fuertes rayos
de sol que hirieron su piel pálida, frente a sus ojos había un paisaje de altas
montañas a la distancia y una inmensa y verde pradera a su alrededor. De la
sorpresa soltó la lanza que cargaba, sacó sus pies de sus botas de piel de
jabalí y los hundió sobre el césped que tenía algunas gotas de rocío; aun sin
entender realmente que sucedía, el hombrecito gritó de regocijo y se hundió en
el césped rodando y dejando que el fuerte sol impregnara su cuerpo.
Desde ese día, el
hombrecito pasaba más tiempo en la tierra de gigantes que en su propio mundo,
pues tardó solo un rato en descubrir que las personas que habitaban esta tierra
le ganaban por cientos de metros de altura, pero no se dejó intimidar y se
dedicó a recorrer hasta el mínimo rincón de este mundo nuevo y hermoso que
había descubierto por casualidad. Todo ante sus pequeños ojos era magnifico y a
la vez aterrador, pues los humanos a veces llevaban con ellos, atados a correas
criaturas gigantes con grandes ojos y afilados colmillos con una húmeda nariz
que solían acercar a su cuerpo, algunos intentaron comerlo, otros lo usaron
como juguete, algunos buenos lo ignoraron y siguieron con su camino, pero el
hombrecito con el hambre de aventura que tenía ignoró esos miedos y aprovecho
su tamaño para viajar con facilidad.
Se encaramaba en
cualquier humano o animal que veía, entraba en los agujeros más mínimos, se
movía por alcantarillas y tuberías. Aunque el hombrecito buscaba evitar las
zonas urbanas, pues los humanos tan gigantes todos amorochados era más probable
que lo terminaran pisando que ayudando o siquiera notándolo.
Después de años y años de
girar por el mundo escondido en el pelaje de un perro, en el equipaje de un
humano, en los engranajes de un auto o avión, sobre las alas de una paloma, el
hombrecito se había adaptado a la tierra, al calor o frio que hiciera, a la luz
del sol directa y deliciosa, a los colores en el cielo cuando desaparece el
sol, a las masas saladas de agua que más de una vez casi lo ahogan pero eran un
espectáculo visual maravilloso, a las inmensas montañas verdes o blancas que
había tenido la suerte de presenciar, pues para el hombrecito estar allí era
cuestión de suerte, y ¡Que suerte! La de tener ante sus ojos divinos paisajes,
los peligros y miedos que vivía en sus viajes valían la pena cuando podía
sentarse a observar el cielo de la noche pintado de colores verdes y azules que
se movían extrañamente, no recordaba su nombre pero su corazón palpitaba con
fuerza ante tan magnifica imagen, sus ojos se cubrían de lágrimas pues nunca
habían visto algo tan hermoso, en ese momento el hombrecito decidió no volver a
su mundo, no quería volver al frio y la oscuridad aburrida de sus tierras.
Con una esperanza de vida
mucho más larga que la de los humanos el hombrecito paso muchísimos años
recorriendo el mundo, viendo sus cambios y avances y nutriéndose de la belleza
de la naturaleza, un día, decidió volver al campo al que llegó por primera vez,
preguntó, aprendió a leer mapas, se movió por miles de kilómetros hasta que por
fin volvió a la verde pradera que un día lo recibió, pero para el dolor de su corazón
la pradera había sido recortada a la mitad, grandes edificios ahora la cubrían
y desde donde estaba apenas eran visibles las montañas. Entró a una gran casa
de madera que había en la parte de la pradera que aún no había sido arrasada,
allí dormían de pies unas grandes bestias sobre las que había estado una sola
vez pues su galope era tan intenso que lo aterró a gran manera. El hombrecito
se recostó sobre una larga viga de madera y observó la noche estrellada por un
agujero a través del techo.
Notó que realmente no
había estrellas esa noche, a pesar del cielo despejado las estrellas se habían
ido, característica que había notado en lugares con muchos humanos. Se sintió
decepcionado, los últimos años se había sentido decepcionado más veces que
nunca, pues le había tocado ver tantos lugares hermosos reducidos a edificios o
a cenizas por culpa de las peleas de los humanos, otros sitios habían sido
totalmente cubiertos por el mar ni hablar del intenso calor o frio que hacía
ahora en muchos sitios, no entendía que sucedía pero ese precioso lugar estaba
cambiando de forma veloz y estaban aniquilando los lugares más hermosos.
También, consideraba a
los humanos seres muy extraños, se preguntaban si tenían graves problemas de
visión pues siempre ante una hermosa vista en vez de observarla con sus propios
ojos lo hacían a través de una pequeña caja cuadrada que a veces emitía ruidos,
siempre, nunca dejaban de mirar esa caja, el hombrecito pensaba que era una
especie de lupa e incluso algunos ya usan lupas frente a sus ojos imagina su
pobre visión que necesitan dos lupas para observar la belleza del mundo, ¡pobre
de ellos! que no tienen la suerte de apreciar esas vistas, probablemente por
ello no les dan importancia y las destruyen de tal forma, sí, eso debe ser, pensaba
el hombrecito somnoliento sobre la viga, un relinche lo hizo sobresaltarse, se
sentó asustado y observo a una de las bestias mirándolo desde abajo.
—¿Puedes verme desde allí
abajo, bestia? —preguntó el hombrecito sorprendido.
—Te vi desde que entraste,
mi vista es perfecta, puedo verte si estás muy cerca o si estás muy lejos —respondió el animal con una voz profunda y
pausada—, y no soy una bestia, soy un caballo, los humanos me llaman Harold.
—Harold, el caballo
—repitió el hombrecito sonriendo —. Una vez monté uno como tú, ¡Casi muero!
ustedes son tan veloces que el viento casi me tumba de su espalda.
—¡Pues claro! Los
caballos somos unos de los mamíferos más veloces de la tierra —soltó el caballo
orgulloso.
—¿Qué es un mamífero?
—pregunto el hombrecito, siempre llenó de curiosidad.
—No eres de este mundo,
eres diminuto, comparado a los humanos.
—Así es, provengo de otro
mundo, del mundo que está cruzando el puente de piedra de la pradera, un mundo
aburrido si me lo preguntas —dijo el hombrecito, recordando sus días en su
viejo hogar —. Caballo, explícame una cosa, ¿Por qué los humanos tratan tan mal
su hermoso mundo? Este lugar comparado de dónde vengo ¡es una maravilla! He
amado mi estancia aquí, a pesar que el sol es duro, casi me quedo sin piel un par
de veces y conseguir comida es una travesía y muchos, muchos, depredadores
gigantes, pero siempre vale la pena cuando veo el cielo teñirse de muchos
colores.
—Tú mismo lo has dicho
hombrecito, provienes de un lugar sin color por eso te impresiona nuestro
mundo, los humanos han visto esto toda su vida por eso ya no les impresiona, no
les importa —Respondió el caballo, con una notable molestia—, ellos están muy
distraídos como notar la belleza que los rodea y por eso la están destruyendo.
—Una lástima —dijo el
hombrecito, apenas audible —, según los ancianos de mi pueblo, nuestro mundo
alguna vez fue así, colorido y hermoso. — El caballo solo relinchó en
respuesta, inquieto de imaginar un futuro gris para su mundo. El hombrecito
volvió a tenderse sobre la viga y sin mucha dificultad cayó dormido
profundamente.
El hombrecito, que ya
llegaba a su vejez después de cientos de años de dar vueltas por la tierra de
gigantes cambió sus aventuras por el tiempo de descanso en la pradera,
durmiendo en la viga del establo y conversando por horas con el caballo Harold,
pero su decepción no disminuía pues cada vez el espacio de la pradera era más
pequeño, menos estrellas y colores se veían en el cielo, el agua del arroyo
bajo el puente de piedras fluía con una montaña de residuos.
Muchas veces se sentaba
sobre el puente a ver correr el agua pero nunca lo cruzaba, se había prometido
no volver, a pesar que el lugar del que se había enamorado poco a poco iba
desapareciendo y un día con intención de darse un chapuzón se encontró con el
puente derribado, el arroyó vaciado y sellado. Una tristeza tan grande lo
embargo, una parte de él habría quizás querido volver y pasar sus últimos días
con sus antiguos amigos o ir por ellos y mostrarles el otro mundo que incluso
sin colores seguía siendo impresionantes, ahora su oportunidad se había
esfumado.
Ese mismo día dejó la
pradera, sin despedirse del caballo, sin tomar su pequeña bolsa de
pertenencias, solo caminó y caminó por muchos días en busca de colores en el
cielo, en busca de la belleza que un día conoció, ahora anciano, su travesía
tomaba mucho más tiempo pero con un ayuda de una paloma amiga finalmente lo
logró, llegó a una desierta costa, de fina arena, limpia como ninguna, el mar
estaba quieto y placido, bailaba para adelante y para atrás, el cielo tenía una
explosión de morados y naranjas que enamorarían a quien lo viera; se sorprendió
de ver a unos tres humanos en la zona, eran dos de los más grandes y uno
mediano que llevaban de la mano, los tres observaban el paisaje, lo observaban
de verdad, con los ojos bien abiertos y atentos y con verdadero amor por lo que
tenían en frente, el hombrecito se sintió complacido.
El hombrecito pasó
semanas y días solo observando el mar, el constante ciclo del día, hasta que un
día a duras penas se puso de pie y escarbó bajo la tierra para hacer un nido,
allí se acostó y plácidamente se despidió del mundo, con el corazón lleno de
amor y sintiéndose, a pesar de todo, agradecido de haber encontrado el lugar
correcto para vivir y para morir. Él fue el único ser de su mundo que alguna
vez conoció el nuestro, los humanos no le creían a los pocos que aseguraban
haberlo conocido, quedó como una leyenda del mundo, el hombrecito que llegó a
la tierra por el puente de piedra y más nunca se quiso ir.
Doriany

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