Retelling del final de Romeo y Julieta.
Había pasado un año desde que hui con Romeo, un año desde que fingí mi muerte y juntos corrimos a tierras lejanas. Nuestro amor fue más fuerte que la batalla de nuestras familias y nos trajo aquí, pero, la maravilla se fue esfumando poco a poco.
—Mi amor por ti no ha cambiado —me había dicho Romeo la noche anterior, mientras acariciaba mi rostro en la oscuridad de nuestra habitación.
—El mío tampoco, te amo como nunca, eres todo lo que tengo y todo lo que quiero—dije aferrándome a él, con lagrimas en los ojos, con el terror del futuro incierto acechándome el corazón —, pero no tenemos para comer, no hay trabajo y se acerca el invierno, deberíamos pensar en volver.
—¿Cómo piensas en ello? —se levantó de la cama indignado—¡No te rindas! ¡Nuestro amor es más fuerte! —había tomado mi rostro entre sus manos y planto un dulce beso sobre mis labios.
Los días pasaban y nuestra situación no mejoraba. Cada día, Romeo salía a buscar trabajo, recorría cada casa, negocio o lugar donde pudiera trabajar, pero nadie quería a un joven inexperto como empleado. Y cada noche, volvía solo con una hogaza de pan.
Habíamos vendido nuestras viejas joyas y ropajes, eso nos dotó un tiempo de suficiente dinero, pero esos ahorros se empezaban a agotar. Y en estas tierras corría el rumor de que la joven Capuleto y el muchacho Montesco, que supuestamente habían muerto, en realidad caminaban entre ellos, todos tenían miedo de involucrarse con un par de muchachos mentirosos, mimados e inexpertos que posiblemente habían traído las desgracias a este pueblo. O eso había oído Romeo una vez de un par de mujeres que cuchicheaban mientras dábamos un paseo.
El frio del invierno nos acechaba y nos quedábamos sin opciones, la situación no parecía mejorar cuando Romeo empezó a enfermar. Tosía sin parar, la fiebre lo agobiaba y los huesos le dolían como si lo hubieran golpeado con un mazo sin parar. No teníamos dinero para pagar a un médico, o para medicinas, cada noche cuando volvía de su búsqueda se lanzaba sobre el colchón, temblando por el malestar.
Y mientras más empeoraba la salud de mi amado, más me aterraba pensar en el niño que ahora crecía en mi vientre. Él no lo sabía, pero hace ya varios meses que no aparecía sangrado, mi vientre empezó a hincharse y los síntomas se volvieron notorios. La situación era cada vez más horrorosa.
—Romeo, mi amor —dije, arrodillándome frente a él, que frustrado con los hombros apoyados sobre las rodillas miraba al suelo ocultando su malestar —, debemos volver o moriremos.
—¡No! —dijo apartándose —¡Prefiero morir que volver! ¿Por qué dices estas cosas Julieta? ¿Acaso has dejado de amarme?
—Jamás —dije ahora con lagrimas en los ojos —, mi corazón te pertenece Romeo, desde el momento que te vi, te pertenece y será siempre tuyo, pero ya no solo se trata de nosotros y nuestro amor —dije llevándome una mano al vientre para darle a entender la situación.
A diferencia de lo que pensaba el saltó de felicidad y me levantó, como si fuera una gran noticia.
—No llores —dijo limpiando las lágrimas de mi rostro —¿No lo ves? Esto es una maravilla, Dios nos ha bendecido, nuestro amor ha traído una nueva vida que amaremos ahora más que nunca.
—¡El amor no nos salvará si no tenemos para comer! —dije, alzando la voz, con el corazón débil y las manos temblorosas.
Romeo ignoró mis palabras, grité, lloré y traté de hacerle entender, pero el hizo caso omiso.
La mañana siguiente, Romeo no despertó, sentí su piel, aun tibia, a mi lado, quieto. El frio se había metido en nuestro hogar y me rodeaba mientras lloraba sobre el cuerpo de mi amado. Arrastrando los pies, fui hasta la cocina y tomé la única pertenencia que aun nos quedaba de nuestra antigua vida. Volví a la cama y tomé un sorbo del pequeño frasco de vidrio. Reposé mi cabeza sobre su pecho, apreté su mano y dejé que finalmente el frio y la niebla nos envolviera a ambos. Quizás ahora si pudiéramos vivir nuestro amor en paz.
Doriany

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